martes, 4 de septiembre de 2007

El Jesucristo ateo de Saramago

Escribir sobre las novelas de José Saramago se ha convertido en un cliché ineludible para cualquiera que se jacte de estar al día del mundo literario. El correlato o la consecuencia de dicha postura ha generado una sobreabundancia de reseñas y críticas parciales, válidas, pero hiperbólicas acerca de su raquítico Ensayo sobre la ceguera (1995), que hasta en los cereales se encuentra. Poco cuenta su pasado poético o sus tres obras fundamentales: El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), Historia del cerco de Lisboa (1989) y El Evangelio según Jesucristo (1991).

A muchos sorprendió que un ateo se tomara la molestia de escribir una novela de poco más de 500 páginas para hablar sobre la vida de Jesucristo y, vaya novedad, desmitificarlo. Si no se notó el sarcasmo, intentemos este dato: más de 600 novelas se han escrito sobre Jesús desde el siglo XIX, sin sumar los libros de esta nueva centuria. Una de las más importantes, la del griego Niko Kazantzakis, escrita en 1954: La última tentación, más atrevida, pero menos compleja. Por si les da flojera leerla o no la encuentran, podrán siempre fiarse de la película de Martin Scorsese, La última tentación de Cristo (1988).

Si uno no conociera la filosofía escéptica y comunistoide de Saramago, ignoraría que El Evangelio es una novela de tesis y un mero efugio para demostrar que las religiones son malvadas, inspiradas por un Dios miserable y absurdo, casi tan demente como Hitler y Stalin, pero más egoísta. Jesús, en cambio, es una víctima de los planes divinos, una “cuchara”, como dice el mismo Dios, para servirse un plato de corn flakes de puros creyentes. La dialéctica maniquea, que aparenta una afectación dilatada que más bien caricaturiza diálogos socráticos, sin duda sirven para explicarnos que Dios no es bondadoso, sino un cúmulo de contradicciones que evidencias sus limitados, torpes y convenencieros poderes.

Pero no me estoy explicando. Claro que es una buena jugada tratar de forma directa el tema de un Dios idealizado, misterioso e impenetrable. Saramago se deja de solemnidades y nos describe al Padre como un judío rico, aunque antes como una columna de humo en espiral. Obvio: sin miedo a pasar por un romántico trasnochado, el portugués nos muestra a un Diablo-Pastor, sabio y tranquilo, amante de la vida. De hecho, él y Él negocian el futuro del mundo y hablan del sacrificio de Jesús como si fuera una transacción mercantil o un número en una cifra cualquiera. De ahí que el mismo Satanás explique que sólo a Dios le guste tanto la sangre.

Ante ello, el que niega es el Señor; Satanás es esencial para que exista la noción del Bien y por tanto para inflar el narcisismo del Creador enloquecido por protagonismo. La fórmula es tan básica que uno se cansa de reconocerla. El diablo se lleva el show, pues es bien carismático, como Yoda de Star Wars; en cambio, Dios es burdo, necio y cae mal, como Ubú Roi. Claro que fue esta la intención de Saramago, pero el método es simplista y renuncia a la complejidad de la discusión teológica.

Los evangelios originales son tan vagos que el vacío de informaciones permite hacer prácticamente cualquier conjetura. Se comprende entonces que el ateo se haya fijado en esta “debilidad” de argumento para erigir su crítica e imponer su idea. Novela, en fin, que tiene más aciertos que incoherencias. Memorable Herodes, el mejor logrado de todos; la relación pastor-Jesús; la cabra salvada y castigada en el desierto; la impulsiva necesidad de la masturbación, el sexo con Magdalena; las escenas de tensión familiar; la impotencia de Cristo cuando quiere resucitar a Lázaro y termina por no hacerlo; la conversación con Dios/elDiablo en el mar; la escudilla irrompible como la muerte, y la ecfrasis de Durero que abre y adelanta la obra. Sí, entendimos que es un Dios que ama leer a Nietzsche y a Maquiavelo, a quien cita íntegramente para defenderse de las dudas existenciales de su Hijo.

Si me preguntaran, pues, “Oye Fugo, ¿entonces lo leo o no?” Sin duda, sí. Pero se necesita paciencia con las escenas extendidas y sobre todo tiempo para poder descifrar los enigmas que Saramago va poniendo y que, en contadas veces, el mismo narrador las aclara. Eso sí: la tercera persona (Pessoa acaso, verán por qué) parece elevarse sobre todos, tan claro que en el episodio donde discuten en el mar una niebla, a lo Unamuno, habla misteriosamente. Incluso se insinúa que detrás de Dios alguien más la trama empieza. ¿Esa niebla? No lo sabremos, pero no todos se preguntarán eso. Esa voz, perfectamente articulada, emite sentencias larguísimas (al fin y al cabo su estilo), no hay signos de exclamación ni de interrogación, y abundan las explicaciones minuciosas.

Pero más allá de la estética, se impone lo ideológico-religioso. Se ha hablado de la conciencia histórica de El Evangelio según Jesucristo, en el sentido de que refuta la “verdad” que hemos conservado intacta, de forma acrítica. Sin embargo, es fácil adivinar que la dialéctica maniqueista sirve nada más para comprobar que la idea de ley divina es inmutable y brutal, y que la vida, ante ella, no vale nada. Para Saramago, somos miserables, sin esperanzas, condenados a repetir la historia de guerras y matanzas, pero no porque seamos egoístas y ambiciosos, sino porque Dios quiere fundarse una nueva reputación, como un divo cuando entra a un centro de rehabilitación de adicciones para procurarse una imagen que no tiene. El escritor intenta, pues, someter a Dios a la idea mundana de ética, pero no comete el error pueril de ajustar la lógica en sentido contrario, sino que hace hablar y nos muestra, en diálogos directos, la perversidad y las trampas del Todopoderoso.

Al final, intuimos que Jesús se convierte en ateo, en el momento justo cuando comprende que ha sido engañado y que el diablo, su único verdadero protector, se ha presentado piadoso bajo la figura de un soldado para quitarle la sed. Sí: Jesús siempre duda de si los planes de su Padre son correctos. Nunca cuestiona los poderes del Señor, pero descree de su misericordia. En tal incertidumbre se inscribe el ateísmo del protagonista y la del escritor portugués. Cuando el Hijo cae en la cuenta de que Dios lo ha utilizado para ganarse una renovada imagen de justo, a costa de guerras y masacres en su nombre, deja de creer en la promesa de la gloria y en el amor eterno. Por ello hay otra trampa divina en el relato: cuando creemos que termina, en realidad comienza, en su afán circular. La estructura tramposa a lo eterno retorno destruye la idea de linealidad cristiana: principio y fin de la historia; Alfa-Omega. No hay más allá, no hay salvación; estamos acorralados como el cordero que el Hijo sacrifica en el desierto a petición de su Padre, sentenciados a repetir el derramamiento de sangre inocente. La negación es Dios, según el evangelio de Saramago. Y es la palabra del silenciado, de la víctima, la que se ha rescatado para mostrar la impiedad justa y humana del mismo Jesucristo.

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