domingo, 12 de agosto de 2007

Musil, deporte y masacre

Una de las más ingeniosas diatribas en contra del atleta olímpico la encontramos en El hombre sin atributos. Musil explica que una persona normal realiza una cantidad de operaciones físicas y mentales que sobrepasan cualquier récord deportivo. El atleta profesional, aduce, se especializa en su campo, pero no tiene que lidiar con un trabajo aparte, con la incertidumbre de lo económico, con la rebelión de las emociones y el constante rechazo social. El deportista está asimilado y es bien visto por su fortaleza y su condición, mental y física, depurada, que se proyecta como una cualidad idónea del mundo. Musil se burla de ellos y en un punto de la narración engrana los pasos mentales de un individuo promedio, de forma angustiante, como si estuviéramos viendo una toma microscópica parecida a la del códex de El Código Da Vinci. Se adivina que el atleta es, como todos, un ser sin atributos, arropado en sus récords y victorias, como extensiones de su personalidad inane.

Tour de Francia, 2007: el equipo Rabobank expulsa a Michale Rasmussen, líder hasta entonces de la competencia. Se alega que el danés ocultó su paradero noches antes de comenzar la competencia. Los organizadores dudan de tal pretexto y acusan al ciclista de haberse dopado. Días después, Patrik Sinkewitz, del equipo T-Mobile, famoso por sus antecedentes en el asunto, se retira y a inicios de mes declara que utilizó sustancias ilícitas. Alberto Contador gana el evento, pero a las horas es relacionado con el doctor malvado Eufemiano Fuentes, quien es célebre por ayudar en el dopaje a los bobos ciclistas. Meses antes, en el Giro de Italia, Alessandro Petacchi da positivo en sus pruebas y lo llevan a juicio. Mientras los medios se horrorizan ad nauseam, Andrey Kashechkin es sorprendido por una especie de Gestapo deportiva y es expulsado de la Vuelta a España por tener sustancias maliciosas en su sistema. Los organizadores del Gran Premio de Hamburgo declaran personas non gratas a todos los ciclistas enlistados. El COI, al unísono, advierte que posiblemente el ciclismo será dado de baja en las Olimpiadas de Beiging 2008, como si estuvieran hablando de terroristas de Al-Quaeda. ¿Quién denunciará, entonces, que en la Plaza Tiananmen, desde donde se transmitió la multitelevisada preinauguración de los olímpicos, ocurrió en 1989 una de las peores masacres de la historia? ¿Por qué admitir sin chistar que el gobierno chino es uno de los principales violadores de los derechos humanos en todo el mundo? ¿A quién se le da la oportunidad de redimirse y a quién debemos condenar?

7 de agosto, casi las nueve de la noche, hora sonorense. En las noticias se repite hasta la saciedad el home run 756 de Barry Bonds, que rompió el límite de 755 de Henry Aaron. En la novela Submundo, DeLillo aprecia al beisbol como una orquestación perfecta, un microcosmos ajeno a la insania de las reglas sociales imperantes afuera del juego. El acorde del escritor norteamericano, sin embargo, se empaña por recelos extradeportivos. La mayoría acusa al beisbolista de San Francisco de usar sustancias ilícitas. Para nadie es secreto que gran porcentaje de los atletas de alto rendimiento en algún punto de su carrera han probado suplementos que los ayudan a soportar las presiones y las arduas temporadas a las que son sometidos. Su trabajo es dar espectáculo, ser un negocio, un objeto eficiente, así como lo es un mecha en una línea de ensamblaje de la Ford. Si Barry Bonds ha echado mano de algunos kilos de pastillas, no duden que los lanzadores también. En el fondo, la gran antipatía que genera Barry delata a una sociedad pútrida, enojada porque sus héroes no son personas blancas y sonrientes, como las que salen anunciando planes telefónicos con euforia mariguanesca. Odian admitir que las cualidades de la raza negra han intervenido para que Bonds allá empalado a sus contrincantes como un dios letal venido del mismo corazón de las tinieblas. Pero también, guste o no, ha ganado la simpatía de muchas personas, porque al fin la justicia deforme de Estados Unidos, inoperante en la frialdad de los números de su deporte nacional, ofende a sus mismos creadores imperialistas.

26 de junio. CNN transmite imágenes de una masacre familiar. El luchador profesional Chris Benoit ha asesinado a su esposa y a su hijo de siete años de edad. Un día después del crimen, el atleta se mata. De inmediato los analistas advierten que existe una conexión directa entre estimulantes musculares y temperamento agresivo. Se trata de encubrir el caso, aduciendo que el asesinato no pasa por el asunto del doping. Es claro que no conviene satanizar el consumo de sustancias ilícitas, porque en gran medida los escándalos de deportistas adictos se capitalizan. Hombres sin atributos, imbuidos en la vorágine de la encarnizada ley del dinero, los atletas, protagonistas de la ética que asumen y se comprometen cumplir, fungen como chivos expiatorios de las culpas personales de todos. Lidian con el duro juicio de los que han descargado sus pecados en ellos, pero sobre todo, encubren involuntariamente a los criminales que hacen negocio explotando el morbo de sus casos y que se la viven engordando sus carteras y estómagos. Los idealistas del deporte se esfuerzan por hacernos creer que el atleta es un modelo a seguir, una inspiración; aunque el corolario de dicha lección moral sea el de perseguir fanáticamente a los “tramposos”, como si se tratara de un infiel que entrara a La Meca con un ejemplar de Los versos satánicos debajo del brazo.

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