martes, 28 de agosto de 2007

Europa reencontrada

Soy escéptico del cine europeo. Tal vez por razones viscerales, me apabullan sus directores con afanes ya documentalistas, ya pseudoexistenciales, ya irremediablemente flemáticos. Me es muy antipático su gesto pretencioso y la cavilación infumable de sus tramas. Creo que, como todo arte narrativo, el cine aún podría aspirar a contar historias interesantes de una forma inteligente, un modesto equilibrio entre forma y contenido. Pero es, al parecer, mucho pedir.
Acaso víctima de un imperialismo cultural, he tendido a optar por la relativa diversidad que ofrece la industria cinematográfica norteamericana. Desde el film más soso y comercial hasta el más denso e “independiente”, los directores norteamericanos tienen el cuidado de tomar en cuenta al espectador. (De hecho, como se sabe bien en la fórmula hollywoodense, tal cuidado se vuelca en el efectismo.) El espectador es embelesado por la historia individual y social de los personajes, algo que el cine europeo se ha negado a hacer. Perplejos ante su pasado continental –dos guerras mundiales, regímenes totalitarios— y dados a la gravedad irremediable en su típico cine de sesgo intelectual, los directores europeos sólo han dejado ver su relación de amor-odio con la historia de sus naciones. Su memoria es, así, obsesiva y elusiva a la vez, dejando totalmente fuera de la lógica y juego narrativo al espectador.
Sin embargo, sería injusto generalizar. Como en todo, hay matices y excepciones. La vida de los otros (Das Leben der Anderen) es uno de ellos. Su director, Florian Henckel von Donnersmarck, recurre a un tema de su historia reciente, sí, mas con el resultado de un profundo drama social que no raya en un vulgar realismo, una crítica política sin ser una película politizada. Sin exageraciones, y a pesar de la seriedad del asunto, la película logra apostar por el suspenso y la intriga en el entendido de ser arte y no documento historicista.
Antes de la caída del muro de Berlín, la República Democrática Alemana padecía un régimen socialista en el que, como reza el epígrafe del film, 100.000 agentes y 300.000 informantes “vigilaban la dictadura del proletariado”. El Estado perseguidor de todo disidente se encarna en la Stasi, la versión socialista de la Gestapo. El escritor Georg Dreyman, siendo creyente del régimen, es paradójicamente víctima de espionaje. Gerd Wiesler es un oficial de la Stasi que habrá de verse involucrado en el acoso hacia el escritor.
Bajo cierto sospechosismo, la película podría entenderse como mera propaganda ideológica anticomunista, muy en la tradición de las películas norteamericanas de la guerra fría, cuyo corolario sería la caída del muro y, con ello, el destape de la cloaca autoritaria de Alemania del Este. Eso explicaría, en parte, el Óscar como mejor película extranjera en este 2007. Pero tal diagnóstico, por demás polarizante, carece de sensibilidad estética y sentido común.
El logro artístico y cinematográfico se relaciona aquí con la capacidad del film para provocar en el público algo tan básico como difícil: la atención ininterrumpida de éste. Además, la validez del tratamiento del tema se evidencia en el hecho de que un sector del pueblo alemán está aún reconstruyendo algunos aspectos de su vida después del muro. En lo personal, me es sumamente llamativo que una película europea reivindique la labor natural de contar una historia sin mayores pretensiones o complicaciones formales, pues la Historia y sus vericuetos políticos son en sí mismos una complicación y el espectador es, más allá de la demagogia, un sujeto capaz de vivirla y revivirla desde la sencillez de la trama y la complejidad de la emoción. Así, esto que se pensaba como reseña, es una personal congratulación por haberme reconciliado –como las dos Alemanias al caer el muro— con el continente que nos ha dado tantas obras de arte.

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