miércoles, 15 de agosto de 2007

Cultura y error

La definición de cultura desata discusiones estériles y, por supuesto, vedadas para el ciudadano común. En cuanto a su promoción, los intelectuales, artistas y burócratas de la cultura no dejan de actuar sino con el duelo del autoproclamado santón. Que el gobierno entrante manifieste, apenas de soslayo, la tarea tristemente constitucional de promover el arte (la historia, el patrimonio, etc.) ha provocado escozor en aquellos creyentes en la necedad de que el Estado debe subsidiar y fungir como leal paladín de la cultura.

Haciendo muestra de una nostalgia por los tiempos de los regímenes priístas –que no titubeaban al cacarear su labor difusora del alma nacional y, con ello, perpetuar su hegemonía—, los santones aspiran a protagonizar una defensa de la especificidad del rubro cultural. Tal defensa los lleva a argumentar que el gobierno no destina, según ellos, el presupuesto suficiente.

Les ha irritado, por ejemplo, que en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012 (PND), el presidente Calderón haya dedicado sólo dos páginas a este rubro. Al parecer, prefieren la prolijidad protocolaria en un acto presidencial que, por su carácter oficial, carece de antemano de sustancia. Asimismo, el duelo se debe a que el presidente no haya deslindado la cultura de otras actividades como el deporte. En la sección "Igualdad de oportunidades", el apartado 3.8 lleva por título “Cultura, arte, deporte y recreación”. La sola asociación entre arte y deporte causa en el santón una indignación que sólo se compara al sacrilegio de las involuntarias declaraciones políticamente incorrectas que, en torno a lectura, hizo Vicente Fox.

Si una broma de mal gusto como la del pasado presidente causó disgusto en la hipócrita clase política e intelectual, no se esperaría menos ante un proyecto oficial en el que, según nos dice La Jornada en su típico periodismo sesgado, Calderón define la cultura como el “entretenimiento sano”. Al respecto, Raquel Tibol comenta: “Quién sabe en qué diccionario el señor Felipe Calderón habrá encontrado que la cultura es nada más entretenimiento.” (7 de agosto de 2007)

A menos que se crea ciegamente todo lo que dicho periódico afirma, no se podrá corroborar que tal “definición” jamás aparece en el Plan Nacional de Desarrollo. Cualquier ciudadano común puede consultar en la red y cerciorarse de que el término “entretenimiento sano” figura en un apartado en el cual se nombran las supuestas “estrategias” a realizar y, por supuesto, el tono de éstas no parece denotar algún tipo de función definitoria. Esperar que Calderón defina incluyentemente un concepto de cultura no sólo es una ingenuidad, sino una aberración disciplinal. Es como querer que Raquel Tibol defina el arte y a todos nos convenza, con la obvia diferencia que ella no será la responsable de solventar tal definición por 6 años. Quién sabe qué documento leyó la señora Raquel Tibol.

La fascinación del intelectual por las definiciones les lleva a proyectar ese afán hacia un documento gubernamental que, a todas luces, es un mero trámite. Nos burlamos del oportunismo de los políticos en áreas que desconocen y, por otra parte, anidamos la esperanza de coincidir con quien dicta el presupuesto. Y es que, en el fondo, los artistas y demás piensan que el gobierno tienen que fungir como rector de la cultura, auspiciando cada vez más una política de ínfulas nacionalistas o, bien, de instrumento de los intereses del gabinete en turno.

El despotismo deslustrado de todo poder de facto es, a la luz de esto, ineludible. En este caso, se aduce desinterés, falta de voluntad, por parte del gobierno. No lo dudo. No obstante, si bien la cultura no es cualquier bicoca, las figuras intelectuales han sublimado por décadas tal noción al grado de volverla o elitista o populista, junto con toda una pléyade de tonalidades adjetivales. Aquellas figuras que logran ser escuchadas por el gobierno acceden al poder, con el que se viene abajo su prestigio, pues siempre hay un sector opositor lanzado al olvido que se torna resentido. El poder, como se sabe, corrompe, pero quedarse en una retórica anti-gobiernista sin matices no resuelve nada.

Es por demás obvio que Calderón y sus asesores no representan ninguna autoridad académica en materia de cultura, pero sí le agradezco la nota gris al respecto. No soportaría que un funcionario público improvisara una cátedra pretenciosa, o que fingiera interés alguno por un tema tan complejo. El asunto concreto es que son ellos –junto a las instituciones ya existentes— quienes habrán de trazar los lineamientos al respecto y, sobre todo, quienes decidirán el presupuesto.

La crítica del poder es, sin duda, vital, necesaria. Sin embargo, el intelectual que se erige como líder moral, gestor público y que, rasgándose las vestiduras, se duele por el bajo presupuesto, me genera una sospecha. Su buena conciencia alega sacrilegio. Con riesgo a parecer malpensado, yo sospecho que es mera labor de gremio, endulcorada con un discurso reivindicativo del arte y demás prácticas creativas. Después de todo, como dice la celebrísima frase acuñada por César Garizurieta, “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

Pedir un mayor presupuesto a la cultura es pedir hinchar la nómina de burócratas. Es, además, no ver el problema real que, como atinadamente señala Lourdes Arizpe Schlosser (en la misma nota de La Jornada), tiene que ver con la población, quien sería, en un México y mundo ideal, el público receptor de toda actividad cultural. La eficiencia de la gestión radicaría en informar a ese público.

Para lograrlo, sólo se requeriría lo que ya se tiene: instituciones con un presupuesto asignado que, a pesar de todo, funcionan a la imperfección. En el año 2000, a propósito del espíritu de la alternancia, el gobierno de la transición realizó, por medio de la empresa Gaus, una encuesta denominada Consulta Cultural a Conocedores, en la que se deja ver la opinión de alrededor de quinientos especialistas. El producto fue un documento de ochenta páginas que expone lo que la comunidad experta le propone al gobierno.

La encuesta arrojó, además, que las instituciones de opinión más favorable entre la población fueron el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, Canal 11, Canal 22, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Fondo de Cultura Económica, Centro Cultural y Turístico de Tijuana, Radio Educación, Educal, Instituto Mexicano de Cinematografía y Estudios Churubusco Azteca.

Sin contar a las universidades públicas, algunas de esas instituciones se han constituido como los principales baluartes de la difusión cultural, a pesar de la mafia, discrecionismo y otros vicios. A siete años del diagnóstico que hacía Gabriel Zaid sobre el tema, el panorama no ha cambiado mucho y su pregunta sigue vigente: “¿de qué sirve ofrecer oportunidades culturales, si los posibles interesados no se enteran?” (Letras Libres, 2000, Año II, Número 23, p. 27)

Se dice que los gobiernos neoliberales desdeñan la cultura como política pública. Es curioso, sin embargo, que en el sexenio de Salinas de Gortari –y bajo la demanda del grupo intelectual conformado por Octavio Paz, Enrique Krauze y el mismo Zaid— se haya creado, en 1989, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) como un instrumento de financiación, y que hoy se ha descentralizado en las instituciones estatales. El Fondo trajo, a su vez, el Sistema Nacional de Creadores, etcétera.

Hoy, todo artista o escritor puede gestionar apoyos en los tiempos y formas que formulen los respectivos organismos, sin la coacción de la línea partidista. Éste es un mecanismo que busca brindar independencia y autonomía, pues se intenta hacer conciencia de que los dineros invertidos en ello provienen de los contribuyentes. Tenemos, pues, que no sólo los gobiernos inspirados en el nacionalismo revolucionario han gastado en la cultura, sino también los neoliberales que, según dicen sus detractores, tanto complotan contra el arte.

Así, la asignatura pendiente sigue siendo, no el presupuesto, sino la implementación de formas que permitan a los productos artísticos llegar a un mayor número posible de público consumidor. Si los tales resultan elitistas, populistas y demás, el ciudadano común estará en posibilidades de consumirlo o cambiarle de canal.

El problema es más bien de carácter práctico, informativo. La definición de cultura puede, momentáneamente, circunscribirse a los especialistas académicos, escritores y demás expertos. El gobierno debería borrar de su agenda protocolaria el tema, pues no necesitamos un apartado en un plan, que se quedaría en eso mismo. Calderón haría bien en retomar la tarea que en el sexenio de Fox no se realizó. Mientras tanto, el intelectual santón puede, por su parte, seguirse quejando de que su concepto cultural no coincida con el del gobierno en turno, acaso por temor a "vivir en el error" o en el “entretenimiento sano”.

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