martes, 31 de julio de 2007

México surrealista

Es conocida la afirmación del poeta André Breton quien, a propósito de su visita a México en 1938, definía a nuestro país como surrealista. Complacientes, algunos culturalistas llevan ya más de medio siglo creyéndolo a pie juntillas. Tengo para mí la sospecha de que si el autor francés hubiese arribado en el siglo XVII, habría descrito a México como barroco. Un mecanismo de proyección tan caro en artistas como en turistas.

En ese sentido, no me intriga tanto este fenómeno como aquella credulidad (o excéntrico humorismo) de quienes, para legitimar un espacio propio frente al otro, reciben acríticamente el peso de una afirmación como la de Breton. Así mirada, la realidad concreta y sin adjetivos del México premoderno resulta en un constructo sofisticado, una exquisitez vanguardista o utópica, que, cual proyección, habla más de quien la nombra. Desde Bernardo de Balbuena hasta Herman Bellinghausen, las particularidades mexicanas y latinoamericanas han devenido cornucopia estética (o arroz de todos los moles) que nos consuela del subdesarrollo.

Aun después del apogeo del surrealismo, Edward James (1907-1984), un aristócrata y mecenas inglés, tuvo la visión de resaltar, mediante sus holgados recursos económicos, tales particularidades, a la vez que plasmar sus obsesiones surrealistas en Xilitla, un pueblo en plena huasteca potosina. Del náhuatl, “tierra de los cozoles o caracoles”, la palabra xilitla nos habla –más que del centro municipal con 46 000 habitantes— del extremo al que llegaron las vanguardias artísticas.

Después de un fracaso matrimonial y decepcionado de su búsqueda espiritual a través del budismo en compañía de Aldous Huxley, Edward James llega a México. Para 1967, ya en amistad con la pintora Remedios Varo, otras figuras del arte en el país y, sobre todo, con el fotógrafo y telegrafista de origen yaqui, Plutarco Gastélum Esquer, el aristócrata ha comprado un terreno al lado del lago Las Pozas, San Luis Potosí, para convertirlo en un castillo en medio de la densa selva. Su cometido: materializar sus propios diseños de escaleras, puertas, dibujos en armonía con el ecosistema. Así, se tiene que, para no interrumpir el curso natural de la flora, no se movió ni una sola rama de árbol.

En colaboración con albañiles mexicanos, su castillo paradisíaco –inspirado en su amistad con Dalí, Leonora Carrington y René Magritte— se hizo (de) material concreto, transfigurándose en una especie de ejercicio arquitectónico a un tiempo delirante y onírico. En ese espacio, que asombra tanto a los partidarios del turismo alternativo como a conformistas, es relativamente fácil observar cómo se ha fusionado el artilugio europeo y la belleza en bruto de ese pueblo que, gracias al turismo auspiciada de forma involuntaria por Edward James, sobrevive acaso sin la sospecha de que el dinero utilizado en esa obra de arte habría solucionado sus problemas sociales más básicos.

Rezan los afiches turísticos del lugar que, en su primera visita a Las Pozas, James queda extasiado con su belleza natural. Y al posarse sobre sus hombros un grupo de mariposas que revoloteaban cercanas a una cascada, interpreta tal evento como una señal ineluctable del destino. A partir de ese momento, el México surrealista que vio Breton no fue más esa masa heteróclita de colores que, a manera de boutade, alardean algunos semiólogos de café, sino una construcción de connotaciones exóticas muy al gusto de turistas. Xilitla es una suerte paradójica: al exaltar una particularidad natural mexicana con la mirada acrisolada de “las reminiscencias del espíritu británico, El Bosco, Piranesi, Gaudí y Max Ernst” según dice Eugenio Cabrera, raya en la conformación de un resquicio por el cual se escapa del tedio moderno y se adentra en los caminos insólitos de un surrealismo transplantado en la huasteca potosina.

Después de todo, este transplante resulta más legítimo y menos pretencioso que la fácil denominación de André Breton: el mecenas-aristócrata se costeó su propia obra de arte; y los culturalistas entusiastas se confunden, así, con los turistas. Al morir Edward James, Las Pozas son heredadas a su entrañable amigo Plutarco Gastélum. Los herederos de éste la venden, a su vez, a la Fundación James. Tan verosímil como en los tiempos de la Colonia. Es así que el México surrealista llega a ser el México turista.

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